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  • Antonio Roca Alés

Trueno y las Termópilas.

Actualizado: 17 mar 2021


El olor era nauseabundo, las imágenes que adivinaba entre la penumbra de la lugrube calle apenas iluminada, más bien parecían sacadas de un cuadro del Bosco, a Frank le pareció que el creador no se había portado demasiado bien con aquella parte de la ciudad, el olor a urea le quemaba la pituitaria, por un momento pensó que no debía de haber salido de la habitación de su hotel, sí, era verdad que había bebido algunas pintas, pero desde luego aquello era tan real, como el campo de espárragos en que se había convertido la piel de sus brazos.

La niebla cubría el suelo húmedo, como una colcha a la cama y las farolas sólo eran obstáculos en su camino, menos mal que la luna llena iluminaba algo su titubeante caminar, desde luego ya no podía volverse atrás y mucho menos fallarle a Charles, su amigo del alma, con el que no hacía más de un mes había intercambiado correspondencia sobre aquellos pequeños diablos que tanto habían impresionado a su compañero de infancia, en la noche que picado por el duende de la curiosidad entró en aquella taberna “ The Earthstopper”, sonriendo le vino a la cabeza una escena en la que el tabernero, cerraba todas las puertas una vez empezado el espectáculo con la intención de no permitir a maese raposo, en este caso la policía, le estropeara la recaudación. Es cierto que la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad a los Animales se había propuesto arruinarle la diversión a aquellos pobres desgraciados, pero entre tanto habría que vivir el momento, en definitiva sólo eran migajas caídas desde la mesa de la opulencia. Para Frank no existía animal más ruín que las ratas, más nauseabundo, ni más cruel que aquel roedor que antaño destrozó brutalmente su infancia, todavía en sueños muchas noches recordaba a su madre, Marie, postrada en la cama moribunda, enferma de Leptopterosis, aquello que más quería en el mundo se fue apagando por la traidora mordedura de un simple roedor, la vida no se había portado mal con su familia, sin embargo se cobró el peaje del modo más cruel que él pensaba podía existir, jamás perdonaría como Dios o el Diablo había dado a aquel minúsculo animal más poder que a un león, a ese parásito salido del mismo infierno, cuya única misión en el vida era joder a los humanos, no cabía duda, si el cielo estaba más allá de las nubes, el infierno se localizaba bajo tierra, donde moraban aquel obsceno animal.

A menudo reflexionaba trás el cristal de un vaso de Burbon, y una gota del océano recorría su mejilla, como si una cosa llevara a la otra. En ese instante notó como algo le rozó en el zapato abrillantado por el limpiabotas que dejo dos manzanas atrás y volvió a la realidad, fría y húmeda realidad, fría, húmeda y apestosa realidad, sacó un pañuelo y se cubrió la boca, a la vez que aceleró el paso, no eran horas para pasear por este lado de la ciudad. A duras penas distinguió como alguien le hacía señas con las manos desde el otro lado de su camino, sin duda era Charles, tan larguirucho y desgarbado como siempre, cuando llegó a su altura pudo ver el cartel de hojalata que se mecía encima de su cabeza, “The Earthstopper”, respiró aliviado por no haber tenido ningún percance antes de llegar al lugar de la cita, fundiéndose en un abrazo, ambos cruzaron el umbral de la maltrecha puerta, el griterío era ensordecedor cual turba en los pasillos del Coliseo, Dios mío pensó donde nos hemos metido, el ambiente rezumaba violencia.

Poco a poco el desasosiego inicial se transformó en expectación e impaciencia, dos pequeños vasos de su bebida preferida aliviaron su desazón. Un hombre con aspecto de estibador apareció en escena con un gran saco al hombro, momento en el que otro aún más desaliñado aulló llamando la atención de la mayoría, el tumulto vociferando se acercó a aquel Trol con gorra de cuadros, mientras que éste a su vez colocaba los billetes procedentes de las apuestas en una de sus manos. En ese instante y cruzando entre un pasillo dejado por la nerviosa muchedumbre, pude ver a uno de esos perros llevado bajo el brazo por un tipo tan pequeñajo, que el can resultaba grande aún no siendo éste de mucho mayor tamaño que el gato que se había cruzado minutos antes, con un giro de su cabeza el encargado de las apuestas asintió, yo entendí que los Juegos habían comenzado, Charles que en ese momento se encontraba tras de mí, se apoyó con el codo en mi hombro y los dos nos asomamos al vallado circular dispuesto para la lucha. El hombre del saco vació su contenido en el interior, Dios, aquello me produjo entre miedo y asco, instintivamente me hice hacía atrás, pero Charles con un leve movimiento de su antebrazo me repuso a la posición inicial, más de cincuenta ratas cayeron al interior, una de espaldas, otras de cabeza y otras se intentaron aferrar al saco de lino, como si en el interior de éste se hallara la única posibilidad de mantenerse un minuto más con vida. Reconozco que el pavor que mostraban las ratas me resultó muy agradable, como si de una venganza servida fría se tratara. No pude ver en que momento aquel diablo casi totalmente blanco saltó al improvisado Pit, pero es cierto que si cien vidas viviera, si que recordaría su nombre, Trueno, de verás que el nombre estaba bien puesto, cada cierre de mandíbula un roedor se retorcía en el suelo, podía oir perfectamente como su espinazo se quebraba en cada dentellada que Trueno les propinaba, como se quiebra la dura piel de una castaña sobre el ardiente fuego, aquel perro ignoraba el significado del miedo, más bien era Leonidas reencarnado, un verdadero guerrero de Esparta, cruel, orgulloso y desde luego certero, un ángel exterminador enviado desde la mismísima cocina del infierno como penitencia por nuestros pecados y el desordenado hormiguero en que los poderosos por avaricia habían convertido el día a día de los Siervos de esta época plagada de injusticias, donde unos pocos tenían tanto y muchos tán poco. No pasó más tiempo que el empleado por un halcón peregrino en dar caza a un ánade real, cuando Trueno, el perro, hubo dado buena cuenta de los roedores, exhausto y jadeante, su lengua colgada y chorreante se asomaba como una serpiente de entre sus maxilares, los maseteros en tensión, su frente, un arroyo seco y aquel perro solo miraba a su dueño, con la única intención de que éste le mostrara una mueca de reconocimiento, una caricia, una aprobación. Tal y como vino se fue, bajo el brazo de un hombrecillo que más bien parecía el harapiento vendedor de ratas de Rembrandt, que se limitó a pasar su mano por la cabeza y marchar por donde había venido, como marcha la tormenta después de descargar el diluvio universal, sin más, como diciendo lo tenía que hacer y lo hice. Charles me susurró entre el vocerío, te lo dije, te dije que te gustaría. Nos acercamos a la sucia barra y bebimos, charlamos y bebimos.

Aquella mañana me desperté en mi cama del hotel empapado en sudor, había sido un sueño?, maravilloso, pero un sueño, o quizás no.


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